Yo no soy la Cenicienta,
ni Hansel y Gretel. Soy más
bien el lobo. Un lobo confundido,
ultrajado y autodestructivo.
Cuanto más alto está mi ánimo, más
dura es la caída hacia el precipicio
cuando tomo consciencia de la realidad.
Los amores juveniles son así.
Obsesivos, absolutos: a todo o nada.
Tengo la admirable (¿despreciable?)
capacidad de borrar lo malo y recordar
los momentos gratos. Quizás hasta
tenga memoria selectiva: archivo solamente
los documentos, pensamientos, fotografías, escritos
y demás, que me hagan recordar los buenos tiempos.
Necesito saber, necesito tener garantías de que en algún momento voy a ser feliz con continuidad.
Inevitablemente tengo que odiarlo.
Lo culpo de mi soledad, de mi miedo a
las personas, de mi desconfianza
en general, de mi despecho.
Nunca lo que yo quiero se hace realidad, nunca.
Porque mi imaginación siempre es más
grandiosa y más potente y mucho más placentera
que la realidad. Ojalá fuera autista, ojalá viviese adentro de mi mente.
Quisiera dormir para siempre.
La presa perfecta para un Esdifícil explicar la depresión
como un estado constante.
cazador que Nada me hacía feliz, con nada sonrío.
Todo lo hago amargamente casi en un
me ignora. estado de inercia. Vivo, sí, pero
no sé porqué. ¿Por qué estoy viva?
Eso me preguntaba cada noche
antes de llorar y antes de dormir.
Mis relaciones afectivas siempre fueron así:
difíciles de concretar (y hasta imposibles)
y dotadas de una obsesión incandescente.
Una obsesión que me consume, que
me mata, que me hiere y que aún así defiendo.
Porque llegué a pensar que amor
sin sufrimiento no era amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
~